Siempre ví en mi casa familiar bastidores, pinceles, óleos y tarros y tarritos de vidrio o de lata. De los mismos se derramaba un líquido color tierra. Ahora sé que es tierra. De dónde emergía ese color. El olor era parecido al de aceites, pero no de comer, de los talleres.
En un momento inesperado, de repente se despliega un caballete. Mi papá con dulzura se desplaza alegre y ubica un bastidor en él. Luego toma su paleta rectangular y pasa su dedo por el orificio de la madera, al mejor estilo de Goya o Rembrandt.
Esos actos presentes hasta hoy, me explican en parte esta insistencia con la pintura y el cuadro.
Inesita.
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